Una de las cuestiones que más interés y polémica suscita en estos tiempos es aquella relacionada con los flujos migratorios, emigración e inmigración. Intentaremos dar cabida en este espacio a una pequeña reflexión personal.
Antes de comenzar me gustaría dejar claro la consistencia y fuerza que para mí supone partir de la premisa de que la materia bajo análisis es una persona o un colectivo de ellas. Es decir, rechazo totalmente las expresiones "sin papeles" o "ilegales". Una persona es un ser que vive, sufre, siente, padece... es decir, padecen los mismas avatares diarios que nosotros, sin importar su color de piel, cultura o procedencia.
Otro punto a dejar claro es que la inmigración, masiva o no, no es un evento novedoso y forma parte misma de la Historia de la Humanidad. Quien no recuerda el "éxodo", miles de pueblos perseguidos, desplazamientos de mano de obra desde economías pobres a sociedades desarrolladas, incluso como política interna de algunas dictaduras (rusia y china, las más recientes).
En la actualidad se dan dos flujos migratorios a considerar. Uno es aquel desplazamiento desde países de extrema pobreza (altas tasas de desempleo y hambre) hacia países cercanos, donde sus sociedades parecen el paraíso de la modernidad (ejemplo de ello es el caso de la emigración desde países subsaharianos hacia España). En segundo término, se podría considerar una emigración cuya intención es la de mejorar su situación de precariedad en el país de origen, cuyas economías se encuentran a mitad de camino entre la sociedad del bienestar y la pobreza. No obstante, la esencia es siempre la misma, búsqueda de progreso y prosperidad, alcanzar un futuro mejor.
A nadie ha de extranar pues la existencia de estos flujos, su huida masiva hacia el continente europeo. Nadie niega de las ventajas y aspectos positivos que dicha inmigración aporta al sistema europeo de bienestar social. Nuestros estructura social y nuestro desarrollo depende de esa mano de obra, de iniciativas que vengan para aportar valor añadido a una sociedad cada vez más marchita y ombliguista, para hacer esos trabajos que nuestra gente se niega a hacer.
Dentro de los movimientos migratorios podríamos hacer distinción entre personas altamente especializadas, que aportan cierto valor añadido, y las personas que aportan la mano de obra, no especializada, necesaria en fábricas, construcción, limpieza... trabajos que normalmente los nativos no desean llevar a cabo por considerarse desprestigiados o poco remunerados.
Sin embargo, ese movimiento trae añadido un cambio de mentalidad que hace que nuestras sociedades se vean obligadas a una apertura, a reconocer el ambiguo paradigma de una socidedad multiétnica, un nuevo entorno social basado en la diversidad y pluralidad de religiones, culturas, idiomas y diferentes modos de entender la vida. En ocasiones, nos podemos encontrar con posturas antagónicas. Inclusive, hay quien asevera de que esta diversidad engrandece la riqueza cultural de los pueblos.
Cabe destacar, que este fenómeno también despierta gran recelo y confusión entre una parte importante de la población, personas temerosas de que aumente la criminalidad, de que muchos empleos se encuentren en manos de "los de afuera", porque pueden venir a "quitar el pan de cada día a nuestros hijos", o los que simplemente se manifiestan senófobos o contrarios a lo que ellos entienden por una invasión pacífica y dañina de nuestras tradiciones, a manos de personas que proceden de mundos antagónicos al nuestro, personas que no se integran en el sistema sino queser marginan en sus antiguos hábitos.
No es tarea sencilla la que nos urge dar respuesta, mas cuando ambas posiciones gozan de cierta realidad social, dejando al margen a aquellos que sólo desean la exclusión en base a razonamientos racistas.
Parte o bastante responsabilidad reside en las esfera política, quien haciendo un uso irresponsable de sus deberes llevan este tipo de cuestiones a entelequias y demagogias electoralistas.
El consenso es claro en torno al hecho de que nuestra sociedad necesita beneficiarse del trabajo extranjero, que ello es un aditivo más que necesario para nuestros sistemas públicos, mas cuando nuestra población envejece. Queda claro que existe una inmigración que enriquece nuestras sociedades y nuestra economía. Y es este tipo de inmigración la que hay fomentar, animar y ayudar.
En primer lugar, Occidente no puede albergar una inmigración en exceso, cada sistema, cada Estado debe fijar un tope, un límite según el cual el sistema social del país de acogida no se vea quebrado. Luego no parece obvio abrir los brazos para acoger a todo aquel que desee venir.
Otra cuestión vital es que la persona que venga y su familia se integren al sistema, contribuyan a nuestro modelo social. Que no exista discriminación hacia ninguno de los lados, foráneos y locales. Que haya una adaptación e integración. No parece lógico que los inmigrantes se trasladen hacia nuestro país sin conocer como mínimo nuestra lengua y mucho menos que puedan ejercer un "derecho al voto", sin conocer la realidad social que les rodea. Temas importantes a debatir creo yo.
No parece lógico tampoco que un alto porcentaje de esas personas emigren sin un contrato de trabajo o sin una idea preconcebida de lo que hará una vez llegue, sin dinero para pasar siquiera unos días. Sí, su condición es la que es, pero si de repente llegase 1 millón de personas en esas condiciones, la inseguridad social podría ser alarmante (hablo de un periodo de un año).
Por tanto, en mi opinión este tema debe ser tratado con rigor y seriedad. Estas personas deben ser tratadas como seres humanos y darles todo el apoyo que necesiten. Para ello, creo que lo principal, más que expulsar, debe ser frenar las oleadas de la inmigración clandestina.
¿Cómo? Aportando soluciones en los países de salida para que la situación deje de ser tan drámatica para que se juegen la vida. He aquí algunas ideas...
1. Planes de desarrollo e inversión en esos países. "No les des de comer, enseñales a pescar". Acuerdos de cooperación bilaterales. Apoyo y externalización de nuestras empresas en los países de origen, con el objeto de dinamizar su economía (y hacer negocio).
2. Contratos en origen. Políticas de empleo para formar en esos países al personal necesario y hacerles venir con un contrato o beca de estudio bajo el brazo.
3. Luchar contra las mafias organizadas, tanto allí como aquí, asegurando que no hacen negocio de la necesidad de esta pobre gente. Haciendo fichas policiales para evitar que delicuentes organizados y sus bandas de matones, que las hay, se instalen en nuestro territorio. Deportándolos en caso necesario.
4. Los Gobiernos deberían realizar estudios quinquenales donde se observe la necesidad de profesionales y las habilidades requeridas para desempeñar un área de trabajo. Se cubriría la parte resultantes con trabajadores foráneos y conociendo el volumen de familias que se necesitan para cubrir la ampliación demográfica necesaria para nuestro desarrollo presente y futuro, y actuar acorde a estos parámetros.
5. Fomentar los intercambios culturales con esos países para que sus jóvenes puedan venir a formarse a nuestras universidades, cada vez más vacías. Una vez terminado sus estudios, con el apoyo de microcréditos y ayudas bancarias, pudieran regresar a sus países de origen e crear negocios, a labrar un futuro.
6. En definitiva, la solución en un mundo global es la búsqueda de ideas, razonamientos y actuaciones globales.
"Europa no debe tener miedo a la inmigración sino escuchar el por qué de ese desplazamiento y actuar en consecuencia. Cerrarse en sí misma y tratarlos como criminales no es la solución. El único camino pasa por un desarrollo y cooperación conjunta, porque si hacemos oídos sordos el problema terminará desbordándose. Y el mensaje político debería ser aquel que no busca la confrontación sino la unidad de acción hacia posiciones compartidas".